lunes, 12 de mayo de 2008

Lady Sisiak & Seres dormidos XIX

Giró entorno a sí mismo, provocando circunferencias invisibles, todo lo que él contenía, quedó desparramado por el suelo, provocando una especie de sonido esférico hueco, suerte de tratarse de un plástico fuerte y contundente, no de un material vacío o frágil propicio para la destrucción. Se quedó mirándole con cierto aire de incertidumbre y pánico, padeciendo un escalofrío de reminiscencia absoluta que erizaba el vello de sus brazos. Si en algún instante de su existencia había apreciado algo que le motivara esa sensación, sólo se hallaba en los marchitos crujidos en las madrugadas de insomnio invernales, donde el viento agitaba contundentemente las tejas maltrechas y antiguas de su tejado, pensando en que quizá, algo o alguien había por el mismo deambulando, observándola. Era el recuerdo de la última vez que vio a su madre.

Comenzó el segundo acto de Tristán e Isolda, aquella ópera de Wagner que Rodrigo no cesaba de escuchar en los momentos de máximo estado de embriaguez, donde agitaba rítmicamente su cabeza con ira y desparpajo, sintiendo cada compás, cada acorde, cada nota… Usualmente, Aidé quedaba hechizada por esa sensibilidad tan carismática que lamentablemente sólo afloraba en pleno estado de degradación en el cuerpo de Rodrigo, era como si alguien se adentrase dentro de su ser y poseído, apreciaba con autenticidad todo lo que abarcan los sentidos humanos.

Sin embargo, creía que por entonces algo no marchaba bien, ni en su interior, ni en el de Rodrigo, ni entre ambos en su extensión individual, pese a convivir duales en aquella esfera, donde, tarde o temprano, como cualquier conjunción de seres humanos, cedería a un paso único. Era como si la magia, la intensidad que los envolvía en un principio, se extinguiese en ocasiones por la rutina y absorbía todo aquello que a los dos concernía. ¿Cómo podía durar tan poco aquello? Tal vez se trataba de miedo al miedo, del miedo al paso intrépido del tiempo que engloba la marcha, la huída, el fin, porque nada era eterno y todo perecía. Del miedo que suponía enfrentarse sola a la vida, más no tenía pánico a lo efímero, al quebranto o al sollozo, si no, el no tener a nadie con quien compartir los momentos de encanto de la existencia, si es que alguno quedaba todavía.

Estaba exhausta de las clases de danza en aquel gimnasio, las voces, las risas, el comportamiento de sus alumnas la irritaba cada vez más y más, le resultaba agotador todo aquello que anteriormente le suscitaba ánimo y fuerza, cada mañana al despertar, detestaba ver el mismo techo del hogar donde finalmente creció, las paredes, los muebles, pese a haber cambiado en un mes dos veces el orden de aquel apartamento, en pocos días, enseguida padecía el mismo y decadente sentimiento de mezquindad y vacío, de agobio ante unas paredes que absorbían, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, los recovecos de su alma. Llevaba una semana dándole vueltas a la idea de venderlo, a fin de cuentas ella era la única heredera, así al menos lo había declarado Ángela en su testamento, nada ni para su madre ni para su hermana a las cuales apenas recordaba de no ser por las fotografías que finalmente fueron quemadas en uno de sus múltiples ataques de rabia; pensaba en que tal vez también debería cambiar de trabajo, buscar algo nuevo que la diera motivaciones y dinero, pues a causa de los viajes fugaces con Rodrigo y las continuas noches de cena y de fiesta, ése carpe diem devorador y libertino la habían dejado prácticamente sin ahorros, de esa forma podrían irse a vivir juntos, como tantas veces él le había sugerido y así empezar una nueva etapa y tener al fin bien claro que aquello era algo serio y no momentáneo y fugaz. Pero ¿Qué hacía dándole vueltas a los conceptos del mañana? Sabía perfectamente que ello sin más la llevaría a ésa obsesión tumultuosa que la dejarían entre la espada y la pared, sin poder reflexionar claramente, sin poder pensar en otra cosa más que a la espera de que algo malo acontecería.

Optó por ignorar todo ello, por callar esas ideas de un futuro absolutamente indefinido, así, olvidando el cenicero, olvidando el dinero, olvidando la angustia, se sentó junto a él en el sofá, reclinándose, tumbándose y apoyando la cabeza en sus rodillas, disfrutando como lentamente jugueteaba con su pelo y oído izquierdo.

1 comentario:

María (Luna) dijo...

Pues nada a seguir con la continuación.

Esta interesante;-)