martes, 15 de abril de 2008

Lady Sisiak & Seres Dormidos XIII

Adoraba levantarse temprano los sábados, especialmente aquellos de principios de curso donde el frío de la primera hora de la mañana otoñal, pasaba a ser un calor medianamente soportable, casi estival, a la hora de comer. Desayunar un buen vaso de leche fría con seis galletas, ducharse, recoger el cuarto e ir al parque más próximo a recoger las primeras hojas caídas y guardarlas en un libro, para después hacer cuadros distintos con las mismas, era lo que más la gustaba en toda la semana, pero aquel sábado, no iba a ser como los otros…

Bajó las escaleras del edificio dirigiéndose al rellano del portal donde se ubicaban las bicicletas de la comunidad, al ser una urbanización privada en la Avenida de Valladolid, tan cerca del Parque del Oeste, donde todos se conocían, prácticamente no hacía falta poner candado ni seguro alguno, pero al ver aquello, su pecho quedó frío, dubitativo…

Entró sofocada al subir corriendo las escaleras, con lágrimas que recorrían por sus mejillas desde sus verdes ojos.

-¡Yaya ¿Y mi bici?! ¿Dónde está mi bici?- Ángela guardó un helador silencio mientras recogía la cocina, supo entonces que ella sí sabía algo

-¿No oíste nada anoche?- interrogó

-No, ¿Por qué?- la anciana suspiró y se sentó en una de las sillas, miró al suelo y alzó las cejas- ¿Por qué?- insistió

-Víctor estuvo aquí- murmuró

-¿Víctor?

-Sí- en aquel momento no supo qué relación había entre su padre, la madrugada y su bicicleta, no lograba comprenderlo, el trato con él por entonces era muy superficial, se veían en las fechas de rigor y algún fin de semana ocasional- La cogió él

-¿Y para qué la quiere?- preguntó confusa- ¿Qué hace mi padre con una bici de niños?

-Estaba borracho Aidé, borracho…

El que estuviera borracho no servía de explicación a decir verdad, puesto que ella lo tenía como algo habitual, algo de lo más usual y corriente que su padre se hallase en pleno estado de embriaguez, con la nariz, las orejas y los carrillos rojos, apestando a cualquier tipo de alcohol, despotricando sobre su madre o bien diciéndola lo guapa y lo mayor que estaba, que si no quería jugar con él como cuando era pequeña –algo que Aidé nunca supo a qué se refería y jamás quiso preguntárselo- tal era el grado de naturalidad a causa de verle así siempre, que apenas lo consideraba como algo malo y despreciable, si no, como la propia personalidad de su padre. No lo había dolido lo más mínimo, ahora que sabía la historia del porqué del siniestro de su bicicleta, estaba intrigada sobre los motivos que tuvo para hacerlo, ¿Acaso la odiaba? ¿Volvería a verle? ¿Qué hablaron Ángela y él? ¿Tal vez le iba a comprar una nueva?. Fue días más tarde cuando de nuevo se presentó, con mitad de su cara magullada y la bicicleta rota, increíble, ni siquiera tuvo la humilde delicadeza de arreglarla.

Por otro lado, los años de la primera infancia maltratada de Aidé fueron totalmente olvidados, guardados en un cajón con llave y éstas quedaron sumergidas en el fondo del mar, sin embargo, en ocasiones existen peces que desde éstas profundidades, con el vaivén del oleaje, provocan que se eleven discretamente hacia la superficie, siendo así devueltas a la orilla del mar, el cajón, que no baúl, queda en realidad entreabierto una mínima ranura. Como las miradas, que pese a componer conjuntamente parte del rostro, individualmente anuncian los momentos vividos, quedando en ellas grabadas entorno al iris, entorno a la córnea, entorno a las pupilas, de forma circular, una infinita película delatadora de lo experimentado, hay quien puede leerlo, no se aprende fácilmente, tienes que haber cruzado la línea fronteriza del sufrimiento humano común, para entenderlo.


2 comentarios:

María (Luna) dijo...

¿Y a bici? Se la llevo el padre, pero ¿qué pasó? O es uqe ando dormida

aljorista dijo...

jaja, sí señor, sigue así; un saludo!!!